Ese hilo de luz para poder salir del laberinto…

Me impactó una película y aviso que si no la viste, quizás puedo “Spoilearte” o develarte algún detalle de la misma.

La película “La Habitación” (The Room) narra la historia de una joven madre de 26 años, junto a su hijo Jack de 5, en un pequeño recinto que les sirve de dormitorio con cocina, baño y una claraboya en lo alto, por donde se ve muy pero muy pequeñito el cielo.

Está basada en una novela de Emma Donoghue, que a su vez está basada en una historia verídica que es la historia de Natascha Kampusch una mujer vienesa que hoy tiene 28 años pero que fue secuestrada y abusada psíquica, física y espiritualmente por un hombre cuando tenía 10 años. Natascha permaneció en cautiverio durante más de 7 años.

La historia del film, se inicia cuando Joy a sus 19 años iba camino a la universidad y es secuestrada por “Old Nick” y trasladada a una pequeña habitación con una puerta blindada que además tiene contraseña. El único contacto de Joy con el mundo externo es esa pequeña claraboya y las visitas que “Old Nick” le realiza semanalmente en las que ella debe “pagar un precio” (con su cuerpo) a cambio de los productos para alimentación y aseo que él le entrega.

En algún momento, Joy queda embarazada, tiene a su hijo  y pasan cinco años. A partir de aquí, la película es relatada desde los ojos del niño.

¿Qué ve este niño?

Un mundo en donde la fantasía, lo real y lo simbólico se entremezclan de una manera extraña, por momentos siniestra y por otros, anclada a la vida. Un universo muy propio, que él logra construir en ese cubículo en donde los personajes cobran vida, se pelean, lo atacan y lo defienden una y otra vez. Imagina esa claraboya como su contacto con el espacio y cada tanto, grita a los marcianos esperando que lo rescaten. Cocina, festeja su cumpleaños y así van transcurriendo sus primeros años de vida.

¿Con qué se conectan los espectadores?

Con una madre que es instinto puro, que cobija a su cría aún a pesar de un contexto siniestro, adverso, ligado a la muerte y a la supervivencia en forma constante. Una maternidad feroz, salvaje totalmente despojada de algún rastro de femeneidad e inocencia adolescente, entregada en cuerpo y alma a proteger a esa cría a costa de todo, a pesar de todo y aún cuando una y otra vez debe pagar con su cuerpo. Un mamífero que aún cuando casi dejó de creer en todo, no dejó del todo.

Aún a pesar de todo esto, y con sus recursos obnubilados por el dolor, por la angustia de muerte, ella logra crear un universo especial para él y logra aferrarse a él como una esperanza y prueba de vida.

Y así sobreviven una y otra vez.

Me conmovieron enormemente escenas en donde prima el  amor envolviendo a lo siniestro y eso pareciera hacer más tolerable la situación, más esperanzadora, quizás de un futuro distinto.

¿Cuánto habrá llorado, gritado, sufrido Joy, Natascha (y tantas otras mujeres) en silencio (en esta y en otras situaciones)? ¿Cuándo se habrá cansado de pedir ayuda, sostén, cobijo? ¿se habrá cansado?

En esa situación, totalmente despojada de lo social, de la mirada del otro, la única mirada que hace posible en Joy el anclaje a la vida, es la de su hijo así como la mirada de ella, le permite a él, construir un mundo y socializar aún cuando se trata de objetos inanimados a los que saluda dándoles vida.

Luego, cuando se produce el reencuentro con la cultura, pasan otras cosas, porque pareciera ser que tras el alejamiento (por la razón que sea), el reencuentro se produce desde un lugar de ruptura, de  choque traumático.  Algo cambió, lo nuevo se rompe y se rearma y reformula, a partir del nuevo encuentro con la cultura. Hay un nacimiento de algo nuevo.

Desde Platón con su alegoría de la Caverna, hasta Víctor Frankl con su libro “el hombre en busca del sentido” donde describe la vida del prisionero de un campo de concentración me ha llamado poderosamente la atención la capacidad que tenemos los seres humanos de sanar aún a pesar del contexto, de la adversidad, de la oscuridad. Es milagroso como logramos encontrar (con o sin ayuda externa) un destello de luz ahí donde pareciera que todo o casi todo se ha perdido.

Es milagroso como podemos construir y reconstruir a partir de esas cenizas, agarrándonos de ese destello como si fuese el hilo de Ariadna que nos guía iluminando el laberinto de esas situaciones dolorosas y siniestras que a veces se nos presentan.

En la Alegoría de la Caverna, es el amor a la curiosidad, a la inquietud, al conocimiento, lo que lleva a los prisioneros a salir de la caverna en busca de algo distinto.

En los libros de Victor Frankl, es el amor al prójimo y por ende, a uno mismo. Y en el Mito del Minotauro es el hilo de Ariadna, que no es nada más ni nada menos que una entrega de amor de una mujer a su prometido para que pueda guiarse en el camino y liberarse, encontrando la salida del laberinto.

El hilo de luz.

Ese hilo que muchas veces resulta imperceptible, pero ahí está. Será cuestión de buscarlo, encontrarlo y volver a habitarnos a nosotros mismos una y otra vez pero de distinta manera, con lo aprendido y aprehendido.

La película al igual que la historia verídica, dan cuenta de esto. ¿Cuántas otras situaciones más lo darán y nosotros no estamos pudiendo conectar con ello?

Lic. Carolina Sujoy

Psicóloga

Coordinadora de Comunidad Mamá Hamaca

Miembro de Psicólogas que acompañan la crianza respetuosa

lic.carolina.sujoy@gmail.com

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Un comentario en “Ese hilo de luz para poder salir del laberinto…

  1. Licenciada brillante su comentario , vi la película y a través de sus palabras complete esa historia que nos sacude hasta las fibras más íntimas. Gracias !!!

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